martes, 23 de febrero de 2016

El delirio de Santa




En esta época es cuando más lo recuerdo. Él era hermoso y adorable; tenía  el corazón más grande que había conocido. Recuerdo su singular risa “ JO JO JO”, su larga barba blanca y el olor delicioso del chocolate caliente, que inundaba mi hogar en estas fechas. Si, aún recuerdo… y como olvidar, si ahora lo veo en propagandas e inclusive en baratas imitaciones. Era un buen hombre y su bondad lo llevó a la locura. Recuerdo su amor por los trajes rojos de esta época y cuando me decía: “querida alista mis trajes de navidad’’… él creía que animaban las fiestas. 

Tengo grabado el recuerdo cuando lo conocí hace 50 años, tan sonriente; trabajaba en un taller de juguetes, y en navidad le gustaba trabajar horas de más para hacer unos cuantos juguetes para los niños de su barrio; yo me quedaba con él y lo ayudaba a pintarlos. Él tenía 23, yo 19. Hoy esa remembranza  trae consigo la presencia de soledad y tristeza, de saber que ya no está.

     Cuando se jubiló del taller, sufrió una gran crisis, una gran depresión. Le pedía que siga construyendo cosas y que yo las pintaría. Él solo decía la misma excusa que habían usado con el: “ya estás viejo, son nuevas máquinas, un nuevo tiempo, nadie quiere juguetes sino juegos de video y tecnología, lo lamento”. Hasta que una mañana de Diciembre se levantó como que si hubiera tenido un sueño donde renació. Se encerró en su taller, horas y horas, y yo solo lo espere despierta en la habitación; ese fue el primer día que vi el amanecer sin él. Pensando que se había quedado dormido lo fui a buscar a su taller,  y al abrir la puerta lo vi, el piso y las repisas llenas de juguetes, y era su rostro la evidencia más grande de que se escapó de la manta de Morfeo. Al acercarme vi sus manos, rojas y lastimadas; vi sus ojos hinchados, y su risa, su risa que tanto amaba, tenía cierta pizca de locura que me hizo estremecer. Tome su brazo y le dije: -       “cariño deberíamos ir a descansar”.
     
     Él  me miró con desconcierto, con sus ojos abiertos y hasta podría decir que frenéticos, tomo mi brazo y me dijo: “tengo solo este día para terminar los juguetes para todos los niños del mundo, y luego de eso entregarlos”.

En alguna situación diferente me hubiera inundado de ternura, pero fue su voz, o tal vez su mirada que hizo correr un escalofrío en mi espalda. Volví a insistir en que regrese a la cama, pues ya no era un jovencito para amanecerse así, y fue ahí cuando supe que ese sueño había despertado algo en él. Me gritó con furia y me miraba con odio y como si fuera un ser que no entendiera, me botó de su taller arrastrándome del brazo; mis pies descalzos sufrieron una pequeña cortada por vidrios regados. A veces veo la pequeña marca, y volvería a pasar por ese piso, si fuera por sentir su mano en mi brazo otra vez. Me encerré en mi habitación, furiosa y desconcertada; y olvide por completo que era nochebuena. El corte en el pie no había sido tan leve, así que intente curarlo. Alrededor de las doce, cuando me sentía mejor y mi resentimiento se había ido, me propuse bajar, a ver como se encontraba, y preparar algo de comer. Justo en ese instante, al entrar, se puso su traje rojo; ignorando mis preguntas, mi presencia, y se fue, no pude seguirlo. Llamé a la policía, le expliqué la situación, pasaron horas y horas, y no lo encontraban. Al parecer no era la única razón por la que lo buscaban, pues algunos vecinos también habían llamado; porque un loco había entrado a su casa a la fuerza, comiendo todo al paso, y destruyendo algunos adornos, pero que había dejado un regalo que hasta miedo les daba abrirlo. A eso de las 5, apunto de amanecer, lo encontramos. 

Estaba subiendo a la chimenea de una casa; y así fue como mientras todos despertaban en su mañana de navidad, yo entraba en un carro de policía, con al amor de mi vida en brazos y con una camisa de fuerza para controlarlo; pues el solo gritaba y lloraba que debía seguir entregando los regalos.

Así pasamos días y días en un centro psiquiátrico, donde vi a mi esposo desquiciarse más y más, diciendo ser alguien que no era; solicitando sus renos, elfos y trineo. La última vez que lo vi fue una mañana de Enero, parecía tanto él, que pensé que lo recuperaba. En la noche recibí una llamada telefónica que mi Santa Klaus, como él decía que se llamaba, había dicho que seguiría su trabajo como espíritu.